jueves, 16 de junio de 2016

Días grandes. Veintisiete mil escuelas




El primer ministro de Instrucción Pública de la República no ha querido dejar para sus sucesores «el problema de cantidad». Durante estos últimos años venimos oyendo con paciencia, en réplica a nuestras peticiones: «El problema de la escuela no es un problema de cantidad». Parecía importarles, ante todo, la calidad. «¡Hay que hacer maestros!». «Hay que crear un magisterio de nueva formación». Este era el punto de vista profesional. Pedagógico. ¡Cuántas sonrisas he tenido que aguantar, como discreta corrección al empeño democrático, humanitario, puramente sentimental, de llevar nuestra escuela, buena o mala, al alcance de todos los hijos de España! Llegué al convencimiento de que esto solo podía hacerlo la República. Y declaro que en los primeros pasos del nuevo régimen, viéndola entretenida, perfilando detalles, temí que tampoco esta República tuviera decisión para acometer de frente la obra revolucionaria. Hace cuatro días, no más, se anunciaba una marcha en cierto modo lenta. Es ahora cuando el ministro de la Revolución, Marcelino Domingo, da resueltamente el golpe revolucionario. ¡27.000 escuelas! ¡7.400 inauguradas antes de fin de año! Es decir, atacando con energía el problema de cantidad.

Sin reservas, con todo el alma puesta en el aplauso, he encendido esta noche mis luminarias para festejar el día grande. Si en Valencia vi ya el buen augurio, la esperanza cierta, aquí veo fructificar la voluntad. Es preciso hacerlo así, y supongo que no habrá desmayo, ni nadie ha de volverse atrás. Dar pecho a la enorme obligación que la monarquía no quiso cumplir y empezar firmando el compromiso que vale bastante más que una primera piedra. Para mí esto bastaría a justificar el trastorno de un cambio de régimen. La escuela del pueblo solo logra crearla el pueblo desde el poder.

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La importancia de este decreto, de cuyas bases solo conozco una referencia oficial, es, en el fondo y forma, comparable a las otras grandes medidas revolucionarias que la nación aguardaba de la República. Debemos distinguir los dos géneros de dificultad que ofrecía su planteamiento. En el fondo no deberíamos llamarla revolucionaria, porque responde al criterio ya iniciado antes de nuestra primera Revolución, la del año 12, y al paternalismo dieciochesco de nuestros enciclopedistas, apasionados por la ilustración. Lo es, sin embargo, porque jamás se hubiera llegado a «ilustrar al pueblo», todo, y en todas partes, sin una transformación radical de la política. Pero su carácter revolucionario se aprecia mejor en la forma. Puede decirse que se salta por todo, forzando las ataduras administrativas y convirtiendo los días en años. Hubiéramos llegado, quizá, a servir el mismo propósito en un cuarto de siglo, con lo cual ya estaba fracasada la acción de nuestros organismos oficiales, porque veinticinco años para cubrir una sola etapa, quiere decir quedarse definitivamente atrás en la marcha acelerada de la cultura (no la del español privilegiado, sin la del pueblo).

¿Cuánto tiempo requiere el plan de las 27.000 escuelas? La nota del Ministro adelantando que «la Monarquía no hizo en cincuenta años la obra que la República ha sabido hacer en un mes», parece indicar que la ejecución es inmediata. Busco hoy ampliación de la primera referencia, y hallo algo en El Liberal. –Si se puede, en tres años. Mejor, en dos. Y mejor, en uno y medio–. Ni la considerable empresa de habilitar 27.600 locales, ni la más ardua todavía de preparar 27.000 nuevos maestros, pueden detener el propósito. Por eso es obra revolucionaria, porque obliga a las circunstancias –materia maleable– a someterse al mandato de la voluntad.

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Pero aparte de la ocasión única que nos brinda el advenimiento de la República, es que no se trata de ningún imposible. Pondremos por delante lo que pudiera ser obstáculo material: la construcción de tantas escuelas en tan breve espacio de tiempo; y con resolución queda bordeado este primer escollo. Hay redactado un plan de tipo muy moderno, que supongo en conocimiento del ministro, para llegar a esas altas cifras gravando en forma llevadera el presupuesto anual del Estado y el de los Ayuntamientos cooperadores. Dentro de condiciones técnicas de absoluta seguridad y depurada, meditada, implacable economía –porque derrochar aquí sería un delito, y robar, un crimen que merecería el castigo de las barricadas: ¡Pena de muerte al ladrón!–, dentro de las mejores garantías, con estudio y con inteligencia, ese vasto problema de las grandes construcciones con arreglo a los diversos climas quedaría resuelto en plazo mínimo con ventaja para el trabajo y para las industrias de construcción españolas.

Es posible, hacedero, aunque exija excepcional energía y mucha competencia, resolver el problema de los locales. «Problema de cal y canto», como se ha dicho muchas veces. Pero es posible también resolver el otro, más grave: el de los 27.000 maestros. Para ello ha de haber, sin duda, solución en las bases a que alude la nota oficiosa. Por no haber sido publicadas aún, solo podemos suponer que el sistema de habilitar mediante un cursillo a los maestros de las oposiciones del 29, que aún no habían obtenido la gracia dispensada a millares de compañeros suyos, así como a los maestros que firmaron las últimas, constituye un recurso de urgencia, merced al cual podemos contar con el personal necesario para las 7.000 escuelas de nueva creación. Pertenece este recurso al orden práctico y debe admitirse como liquidación de pasados errores. Como cancelación de una deuda con los opositores sorprendidos en las últimas emboscadas de la Dictadura. A partir de esa cancelación, los procedimientos han de ser otros, muy distintos.

El propósito de tener dispuestas a fin de año 7.000 escuelas, y en un plazo no determinado, pero breve, 20.000 más, debemos aplaudirlo como expresión de un plan más amplio de lo que hasta ahora veíamos proyectado. Conviene, sin embargo, insistir en lo que significa en términos administrativos «creación de escuelas». «Creación provisional». Es preciso, dentro de la reglamentación vigente, que los pueblos ayuden. Si no lo hacen, la creación se da por caducada, dentro de cierto término: por lo cual es aventurado cualquier cálculo de probabilidades acerca de las que se logren. Habrá, de seguro,  más maestros disponibles de los que necesitemos de aquí a fin de año, y puede plantearse en serio el problema de la preparación sucesiva de los 20.000 nuevos maestros que deberán ser ya maestros de la República.

¿En qué forma se completará su instrucción antes y después de obtener plaza? Aun siendo la preparación intensiva, ha de ser muy bien meditada. Se espera mucho de ellos. No puede la República continuar troquelando maestros de cuño antiguo. Es por consiguiente necesario reformar desde ahora mismo el taller. La Normal. De esto no era político hablar durante la dictadura ni aun durante el régimen constitucional monárquico. Hoy es uno de los asuntos más urgentes entre todos los que deben resolver los hombres de la Revolución.


Luis Bello
Crisol, 16 de junio de 1931 - Pág. 7





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