jueves, 5 de mayo de 2016

Antonio Muñoz Zamora, trovador de sueños, juglar de libertades. Mi amigo.




Creció mirando al mar y su juventud comenzó a vivirla bajo las bermejas torres de su Alcazaba, rojiza por el atardecer mediterráneo, aunque tuvo que simultanearla con las bayonetas, en la contienda civil, que durante tres años lo mantuvo ocupado bajo el fuego y el olor a pólvora.  

Por estar en el bando perdedor, tuvo que asistir a la escuela del miedo primero, -en los campos de concentración franceses y más tarde, comenzada la IIª Guerra Mundial, en la Resistencia Francesa bajo los cielos galos de la Bretaña-, y doctorarse después en la Universidad del horror: los campos de concentración nazis. Pasó por Dachau, en Alemania, para terminar en Mauthausen, en Austria.  

Su Tercera Edad la ha compartido con un dolor sentido desde antiguo, con un mirar hondo, del más allá, recordando quizá que llegara el día de cumplir un juramento hecho en las aulas de aquella “Universidad”.  

Antonio es un hombre y es una herida profunda que aún no ha cicatrizado del todo. Ha traído, desde tan lejos, ciento cuarenta y dos preguntas de por qué cayeron otros tantos almerienses en aquel fatídico “Campus”; trae diez mil pesadillas,  de diez mil españoles que se “doctoraron” con él.  

Habla pausadamente a veces, atropelladamente otras porque los recuerdos acumulados le brotan de su mente a la vez y quisiera decirlos todos a una, le salen a borbotones, interrumpe la conversación porque los recuerdos le pueden pero, sobre todo, habla con la serenidad de quien ha tenido, tantas veces, la muerte entre las manos que le ha perdido el respeto para dárselo a cada segundo de su vida.  

Su viejo corazón late a ciento ochenta y seis pulsaciones por minuto cuando recuerda las escaleras de Wienergraben, la cantera anexa a la “Universidad” de Mauthausen; “las escaleras de la muerte”,  -susurra con voz entrecortada-, donde terminaba el “sendero de la sangre”. Se detiene y respira de nuevo para tomar impulso.  

Vino de parte de sus muertos para dirigirnos unas palabras de libertad a la parte de los vivos, y nos trajo aquel juramento, sellado en la “Universidad del horror”, asombrado de haber sobrevivido.   

Quiso dejarnos un sonoro recuerdo y lo ha conseguido con una imagen en piedra de los que no consiguieron escapar, un mapa humano que nos oriente a no perder el Norte.    

Esporádicamente ha vuelto a la “Universidad de Mauthausen”. No va a hacer ningún “master”. Va a decirles a los que allí quedaron que aquel juramento se ha cumplido en Almería; que su recuerdo es imborrable e imperecedero; que su muerte no fue en vano, para que las generaciones que les sucedieron viesen atardeceres claros y no negros amaneceres.  

Su mirada profunda, limpia, serena, lo dice todo. Está viendo imágenes, una tras otra, de toda una vida de lucha por defender principios elementales, por luchar contra sin razones, por estar en el otro extremo del lado oscuro de cerebros irracionales.  

Mintió su edad para poder alistarse y defender el Estado de Derecho y, una vez en él, lo hizo como debía aunque el destino quiso que fuese uno de los cientos de miles que cruzaron la frontera pirenaica, ateridos de frío, hambrientos, desarmados, militares y civiles confundidos en una larga y estremecedora columna hacia lo desconocido. La guardia senegalesa de Septfonds, de Barcarnés, de Noé, de Argèlés-Sur-Mer, de Saint-Cyprien... y las aguas del Mediterráneo les esperaban; por paredes: alambradas; por techo: el cielo gris del invierno galo.  

Conforme sube la colina a espaldas del apacible y tranquilo pueblo donde se ubica la “Universidad”, todas las tonalidades del verde aparecen ante sus cansados ojos. Poco a poco va apareciendo, mezclado con el verde, el color oscuro, pétreo, del edificio donde se “doctoró”. La inmensa mole granítica, dominando los cuatro vientos de la colina, aparece desafiante a su mirada.   

Hace un alto. Respira profundamente. Gira sobre sí y observa el ondulante paisaje austríaco cubierto de verdes praderas. Podía haber sido un lugar tranquilo, idílico, pero ese “monstruo granítico” está voceando, cada segundo, que fue un lugar maldito, que está estigmatizado por las vidas de cientos de miles de personas de veintisiete nacionalidades distintas que claman, desde el infinito, justicia, que recuerdan lo que allí sucedió para que no vuelva a repetirse.  

Mientras asciende recuerda aquel chirrear de frenos de la locomotora que, desde Baviera, en Alemania, lo transportó, en condiciones inhumanas, hasta el Noroeste de Austria, en Centroeuropa. Un aciago día, desde luego, para cientos de personas que le acompañaron en ese largo e incierto viaje.  
Traspasado el umbral coronado por el símbolo del Reich, el águila de bronce, otra vida les esperaba en el interior: guardias S.S., voces, ordenes, perros, látigos, kapos, duchas, horca, fusilamientos, hornos crematorios, escalera, cantera..., “Arbeit macht frei” -, rezaba el lema, en la entrada de todas las “Universidades del horror” nazis que sembraban la Europa conquistada por las huestes de negro uniforme. La libertad estaba en la humeante chimenea que durante veinticuatro horas al día, de todos los días del año, durante muchos años…, por ella, y en su densa humareda, era por donde se conseguía la ansiada libertad. 

Mientras cruza el umbral del ciclópeo edificio, sin la aguda mirada de la cercenada rapaz, desestiba sus recuerdos. Ahora se le viene a la mente aquel día que tocan a la puerta de una casa, en Rennes, donde en aquel momento moraba, y agentes uniformados con largos abrigos de cuero negro, de la Gestapo, le detienen: interrogatorios, torturas, brusquedades, un tren hacia Alemania, otro hacia Austria y, mientras tanto, vejaciones, malos tratos, hambre, frío...  

La “Appelplatz” aparece ante sus ojos. A un lado y otro, perfectamente alineados, los barracones le dan la bienvenida. Conforme avanza se le agolpan en su mente los momentos vividos tras las angostas paredes de madera: los catres, las llamadas a deshoras, las interminables pasadas de lista, los trabajos, la cantera, el esperar, a cada momento, que ése era el último de tu vida... y ese profundo y penetrante olor que invadía todo el “Campus”, a la noche, al alba, al día.   

Dentro del barracón Antonio se asoma a una de las ventanas y su mirada vaga por la explanada recordando... frente a él aparece, enhiesta, desafiante, monolítica, una de las chimeneas. No sale nada por su parte superior; el cielo, aunque gris, no lo es tanto como en aquel otro tiempo que era casi negro amalgamado con la neblina del alba...   

Entre monumentos erigidos por casi todos los países que tuvieron ciudadanos entre sus gruesas paredes,- excepto España que sólo tiene una pequeña placa -, discurre el sendero que lleva a la cantera. Una pared lisa, un granítico acantilado sin mar, “la pared de los paracaidistas” aparece ante sus ojos. En un lateral comienza el infierno de Dante. Ciento ochenta y seis irregulares escaleras, labradas sobre el mismo granito, te llevan hacia el averno... el “juego de bolos” se le viene a la mente.  

Mientras cargaban, como bestias, los moldeados bloques a sus espaldas, los cancerberos negros disfrutaban viendo como uno tras otro, piedras y personas, como en perfecta simbiosis, rodaban, escalón tras escalón, hacia el fondo del abismo.  

El tiempo del horror ya pasó. La época “universitaria” es pretérita, pero el “doctorado” es vitalicio, hasta que llegue el final y cruces otro umbral y aún después de este postrer viaje siempre quedará en la memoria, de generación en generación, que hubo una vez “universidades del horror” y que existieron alumnos aventajados en ellas.  

Antonio Muñoz Zamora, trovador de sueños, juglar de libertades, enarbola su bandera solidaria contra la xenofobia, contra el racismo, contra la intransigencia acérrima de cerebros adoquinados y clama sosiego, tranquilidad y decoro para su monumento en piedra, en las Almadrabillas, junto a su mar.  

Y junto a su monumento, van y vienen sus cenizas, con el leve murmullo de las olas que lo traen, para que contemple, con orgullo, “su” monumento, que lo llevan a mundos donde se reencuentra con antiguos camaradas y compañeros, donde una vez juraron luchar, con la palabra, para que los nombres, y los hechos, de todos los que quedaron “allá”, no se olvidara nunca y, sobre todo, para que no volviera a repetirse nunca más.

Hasta siempre 90.009, descansa en paz Antonio Muñoz, siempre estarás en mi memoria querido amigo, continúa “trovando sueños” juglar de libertades.   


José Sedano Moreno
Berja (Almeria), 2010





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